Cromopianos, cromatófonos y otros curiosos instrumentos audiovisuales

Música y color, vibraciones físicas de distinta naturaleza (mecánica y electromagnética) que estimulan nuestros sentidos dando lugar, si están en el rango adecuado de frecuencias, a distintas percepciones que definimos e interpretamos como «música» y «colores».

En 1915, el joven compositor Alexander Scriabin, intentó, en el Carnegie de Nueva York, un concierto de música y color con un instrumento denominado «cromola» exigiendo que el público asistente vistiera de blanco, pues sin saberlo, serían la pantalla sobre la que se proyectarían los colores. Aunque se llenó la platea, las crónicas revelan que el concierto fue un fracaso pues parte del público abandonó la sala antes de finalizar el concierto audiovisual.

Históricamente, existieron otros antecedentes. Por ejemplo, el clavecín ocular de Louis-Bertrand Castel (1725) que fue concebido como un órgano que se tocaba a la vez que una pieza musical, proyectando sobre una pantalla que llevaba incorporada los colores que animasen las notas y completando, así, un recital audiovisual. La versión mejor conocida del clavecín ocular, se construyó en Londres y se exhibió en Soho Square en 1757, el mismo año en el que murió Castel. Tenía el tamaño de un piano de cola actual y ciento cuarenta y cuatro palancas dispuestas como un teclado para combinar los colores newtonianos, según iba sonando la música, ilustrándose así en el panel de papel iluminado con velas que coronaba el aparato.

En 1893, el británico Bainbridge Bishop, perfeccionó el órgano de color, tal como lo bautizó, siguiendo el esquema de Castel, aunque ahora proyectaba sus colores sobre una pantalla de cristal superior que incorporaba el propio instrumento. El órgano de color consistía fundamentalmente en una fuente de luz eléctrica magnificada con reflectores y difuminada con cristales refractantes que se proyectaba sobre una pantalla de cristal, directamente y en parte después de incidir en una superficie blanca inclinada, lo que contribuía a su difusión. Durante este recorrido la luz adquiría color activando una serie de cristales tintados situados tras obturadores manejados por un teclado y unos pedales situados en la parte inferior. El órgano de color de Bishop disponía de un sistema para inutilizar el teclado de color y los pedales de color, de modo que la música podía tocarse acompañándose o no de luces. Este era el tercero de sus diseños y todos ellos, curiosamente, se quemaron en diferentes incendios.

A lo largo del siglo XX se desarrollaron nuevos y curiosos diseños: el sarabet, instrumento audiovisual que inventó Mary Hallock-Greenewalt, la consola de luces de Frederick Bentham, el piano optofónico de Vladimir Rossiné o el cromatófono del austríaco Heinrich von Vietinghoff, entre otros. Puedes ampliar la información en este interesante link que me ha remitido, amablemente, Gloria Martí.

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